top of page

LAS PLAZAS COMO NUCLEOS FUNDACIONALES DE LA ACTIVIDAD COMERCIAL

En el contexto de La Habana colonial, las plazas desempeñaron un papel central en la organización de la trama urbana, sirviendo como puntos de convergencia para el comercio, el poder y la interacción social. Desde su fundación en el siglo XVI, La Habana se estructuró en torno a plazas como la Plaza de Armas, que, según Castro (1943), fue "el epicentro fundacional donde se celebró la primera misa y se estableció el primer cabildo bajo una ceiba" (p. 1). Estas plazas, siguiendo modelos medievales españoles, se diseñaron como espacios abiertos conectados por calles estrechas, generando un efecto de "emboscada o sorpresa" al llegar a ellas (Castro, 1943, p. 1). Este diseño no solo facilitaba el control urbano, sino que también potenciaba la actividad comercial al concentrar mercados y tiendas en sus alrededores.

​

​La elección estratégica de las plazas como nodos urbanos respondía a la necesidad de articular las funciones políticas, religiosas y económicas. Alrededor de la Plaza de Armas, por ejemplo, se ubicaron el Palacio de los Capitanes Generales y el Castillo de la Real Fuerza, consolidando el poder militar y administrativo, "mientras que las calles adyacentes, como Obispo y Mercaderes, albergaban comercios y talleres" (Castro, 1943, p. 5). Este modelo se replicaba en otras plazas, como la de San Francisco, cuya cercanía al puerto la convirtió en un centro neurálgico del comercio marítimo. Comparativamente, ciudades como México o Lima también organizaron sus plazas como espacios multifuncionales, pero en La Habana la influencia del comercio transatlántico dio a estas plazas una vitalidad económica única, derivada de su rol como "Llave del Golfo" (Martínez, 2018, p. 89).

​

El comercio en las plazas no se limitaba a la compraventa de bienes; también era un escenario de interacción social y cultural. Castro (1943) describe el bullicio de la Plaza de Armas, donde "cargadores y pasajeros que embarcaban por el muelle de Caballería" convivían con "gente de negocios" desde las primeras horas del día (p. 2). Esta dinámica convirtió a las plazas en espacios de encuentro entre diferentes clases sociales, desde comerciantes criollos hasta esclavos y trabajadores portuarios. Nicolini (2000) subraya que las plazas centralizaban "la totalidad de las funciones significativas, incluyendo el mercado" (p. 1091), lo que en La Habana se tradujo en una red de plazas interconectadas que estructuraban la vida urbana.

 

La configuración de las plazas también reflejaba las necesidades defensivas de la ciudad. La construcción de la muralla entre 1633 y 1740 delimitó el núcleo de "La Habana intramuros", donde las plazas actuaban como puntos de orden y control (Castro, 1943, p. 5). Este cerco físico no solo protegía la ciudad, sino que también regulaba el comercio, ya que las puertas de la muralla se cerraban al anochecer, marcadas por el cañonazo de las nueve desde la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña. En contraste con ciudades como Cartagena, donde las murallas priorizaban la defensa militar, en La Habana las plazas dentro de la muralla integraban funciones comerciales y sociales, consolidando un modelo urbano dinámico.

​

 

Finalmente, el impacto de las plazas en el comercio se extendió más allá de sus límites físicos. Las calles comerciales que emanaban de las plazas, como Muralla o Teniente Rey, funcionaban como extensiones de estos espacios, conectando lo público con lo privado. Martínez (2018) destaca que estas calles albergaban "tiendas, talleres, cafés y pequeños mercados" que dinamizaban la economía urbana (p. 92). Este sistema de plazas y calles comerciales configuró una trama urbana jerarquizada, donde el comercio no solo organizaba el espacio, sino que también moldeaba las dinámicas sociales y culturales de la ciudad barroca.

bottom of page