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PLAZAS COMERCIALES COMO ESPACIOS DE INTERACCION SOCIAL Y ECONOMICA

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 Plaza de San Francisco

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Plaza Vieja 

Las plazas comerciales de La Habana barroca, como la Plaza Vieja y la Plaza de San Francisco, no solo fueron centros económicos, sino también espacios de interacción social que articularon la vida urbana. Castro (1943) describe la Plaza Vieja como un mercado vibrante donde "la población esclava y trabajadora dinamizaba la venta diaria de alimentos, animales y productos varios" (p. 5). Este dinamismo contrastaba con plazas más simbólicas, como la Plaza de la Catedral, que se asociaba al poder eclesiástico y la nobleza criolla. La multifuncionalidad de las plazas comerciales las convirtió en microcosmos de la sociedad habanera, donde se cruzaban diferentes clases sociales y actividades.

 

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La Plaza de San Francisco, por su cercanía al puerto, era un nodo clave del comercio marítimo. Nicolini (2000) señala que "su ubicación junto a los muelles, la Aduana y los almacenes la convertía en un espacio de alta actividad económica" (p. 1091). Durante las ferias, esta plaza se llenaba de vendedores, músicos y faroles, creando una atmósfera festiva que integraba el comercio con el ocio. A diferencia de plazas como la Zócalo en México, que estaban más reguladas por las autoridades coloniales, en La Habana las plazas comerciales gozaban de una relativa autonomía, lo que permitía una mayor espontaneidad en las interacciones sociales.

La Plaza Vieja, por su parte, evolucionó de un espacio aristocrático a un mercado popular con el establecimiento del Mercado de Cristina en 1836. Martínez (2018) destaca que "las calles circundantes, como San Ignacio y Teniente Rey, eran ejes clave del comercio habanero, con tiendas y talleres que abastecían a la ciudad" (p. 92). Estas calles, con sus portales barrocos, no solo facilitaban el comercio, sino que también servían como espacios de sociabilidad, donde los habitantes intercambiaban noticias, bienes y experiencias. Este modelo de calles comerciales conectadas a plazas era menos común en ciudades europeas como Lisboa, donde los mercados estaban más centralizados y controlados.

 

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El impacto social de las plazas comerciales también se reflejaba en su capacidad para integrar a la población esclava y trabajadora. Castro (1943) menciona que “los caleseros, que ofrecían transporte en plazas como la del Cristo, eran a menudo esclavos que interactuaban con comerciantes y burgueses” (p. 5). Esta mezcla social generaba tensiones, pero también oportunidades de intercambio cultural, como la música y las tradiciones populares que animaban los mercados. En contraste, en ciudades como Bogotá, los mercados estaban más segregados, limitando estas interacciones. En La Habana, las plazas comerciales se convirtieron en espacios de negociación social, donde las jerarquías coloniales se flexibilizaban temporalmente.

 

Finalmente, la ornamentación barroca de las plazas y sus alrededores reforzaba su rol como escenarios de prestigio social. Los palacios y residencias burguesas que rodeaban la Plaza Vieja, con sus soportales y balcones, no solo albergaban comercios, sino que también “proyectaban la riqueza de la élite criolla” (Castro, 1943, p. 5). Este esplendor arquitectónico, combinado con la vitalidad comercial y social de las plazas, consolidó a La Habana como un centro barroco de primer orden, comparable a otras capitales coloniales, pero con una identidad propia marcada por su dinamismo portuario y su trama urbana articulada por el comercio.

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